SOBRE LOS ELEMENTOS DEL DESASTRE DE ÁLVARO MUTIS Por Andrés Céspedes Márquez. Taller de Poesía UPN-RELATA Mincultura

 I

Álvaro Mutis Jaramillo, novelista y poeta colombiano nacido en Bogotá, Colombia, el 25 de agosto de 1923. En la actualidad es considerado uno de los grandes escritores hispanoamericanos.

En 1925 parte a Bélgica en compañía de su familia pues su padre, Santiago Mutis Dávila, abogado y diplomático, es enviado como parte de la delegación diplomática, a dicho país. Realiza sus primeros estudios en la ciudad de Bruselas. Viaja con frecuencia a Colombia a pasar vacaciones. A la edad de nueve años, tras el fallecimiento de su padre, regresa definitivamente a Colombia. Su nuevo hogar, una finca de café y caña de azúcar llamada “Coello”, ubicada en el departamento del Tolima, influiría notablemente en su obra. De este lugar el autor dice: “Todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar, ese rincón de la tierra caliente del que emana la substancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis terrores y mis dichas. No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón de la región de Tolima, en Colombia”. Años después se traslada a Bogotá con su familia. Ingresa al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Su profesor de literatura, el poeta Eduardo Carranza. Escritores como Dostoievski, Verne, Flaubert, Tolstoi y Chéjov, se cuentan entre sus primeras lecturas; poetas como Juan Ramón Jiménez, Cesar Vallejo y Pablo Neruda en lengua española. El billar y la literatura se imponen, renuncia al título de bachiller.

En 1942 asume la dirección del programa radial “Actualidad Literaria” de la emisora de radio Nuevo Mundo, y trabaja en la Radiodifusora Nacional de Colombia como redactor y locutor de noticias. En 1946 publica sus primeros escritos sobre Joseph Conrad, Alexander Pushkin, Antoine de Saint-Exupéry y Joachim Murat en la revista Vida, editada por la Compañía Colombiana de Seguros, donde se desempeña como jefe de publicidad. Lee a los poetas surrealistas Saint-John Perse, traducido por Jorge Zalamea, y André Breton, quienes influirían notablemente en sus primeros poemas. Conoce al poeta venezolano Juan Sánchez Peláez, agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Bogotá y al año siguiente, al poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, embajador de Guatemala en Colombia. De igual manera, a los pintores Fernando Botero y Alejandro Obregón. En 1948 publica doscientos ejemplares del cuaderno de poesía “La Balanza” con ilustraciones de Hernando Tejada, los cuales se agotan el 9 de abril de 1948 por incineración. Cinco años después, en 1953, publicaría su segundo libro de poemas Los Elementos del Desastre, en el cual aparece por vez primera Maqroll el Gaviero, uno de los personajes más admirables y originales de la literatura en lengua española.

En 1954 trabaja para la compañía norteamericana Esso. Dos años después se traslada a México, país que sería su lugar de residencia desde entonces. Allí conoce a importantes personalidades de la vida cultural mexicana como Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Luis Buñuel. Mantiene sus lazos con Colombia colaborando ocasionalmente con la revista Mito, que más tarde, en 1959, publicaría el libro Reseña de los hospitales de ultramar, año en que también hace correcciones a los relatos El último rostro, Saraya, La muerte del estratega y Antes que cante el gallo; asimismo, escribe el Diario de Lecumberri (1960), el cual es publicado por la Universidad Veracruzana.

Cumplido este periodo, desempeña importantes cargos en compañías como Twentieth Century Fox y Columbia Pictures para América Latina. Entre 1960 y 1973 entra en un periodo de poca actividad literaria: en 1962 publica cuatro textos en la revista Snob dirigida por Salvador Elizondo y Emilio García Riera: Pequeña historia de un gran negocio, Historia y ficción de un pequeño militar sarnoso, El general Bonaparte en Nizza y El incidente de Maiquetía o Isaac salvado de las jaulas; en 1964 dicta un ciclo de conferencias sobre Valéry Larbaud, Joseph Conrad y Marcel Proust, en la Universidad Nacional Autónoma de México y en 1965 publica el libro Los Trabajos Perdidos.

En 1973 publica en España Summa de Maqroll el Gaviero (1947-1970), libro que reúne las obras Primeros Poemas, Los elementos del desastre, Los trabajos perdidos, Reseña de los hospitales de ultramar y Recuento de ciertas visiones. En 1974 recibe el Premio Nacional de las Letras de Colombia, primer reconocimiento importante a su obra. Se inicia en la novela en 1978. En 1982 aparece Caravansary, libro de poemas publicado por el Fondo de Cultura Económica. En 1984 publica Los Emisarios también con el Fondo de Cultura Económica y en 1985, Editorial Cátedra publica Crónica vieja y alabanza del reino. En 1986 publica su primera novela en torno a Maqroll el Gaviero, La nieve del Almirante, primer volumen de la serie Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. A partir de aquel momento empieza a obtener un mayor reconocimiento, así como numerosos premios importantes. En 1987 publica Ilona llega con la lluvia, segundo volumen de la saga. Recibe en México la Orden del Águila Azteca. En 1988 se retira de la Columbia Pictures y se dedica por completo a la literatura. Ese mismo año la Universidad del Valle le concede el grado de Doctor Honoris Causa en Letras y el Gobierno de México le otorga el Premio Xavier Villaurrutia. En 1989 publica su novela Un bel morir tercera y última obra de la serie Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, y Arango Editores publica La última escala del Tramp Steamer. Francia le otorga el premio Médicis Étranger por las novelas La nieve del Almirante e Ilona llega con la lluvia, así como la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero. En 1990 se edita en Colombia y España simultáneamente la novela Amirbar. Aparece un nuevo volumen de la serie Empresas y Tribulaciones: Abdul Basuhr, soñador de navíos. La Universidad de Antioquia le concede el grado de Doctor Honoris Causa en Literatura y el Gobierno de Colombia le otorga la Cruz de Boyacá. Finalmente, en el año 1997 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en España, y en 2001 se hizo con el máximo reconocimiento de las letras castellanas, el Premio Cervantes.

II

Portada Los Elementos del DesastreLos elementos del desastre es el segundo libro de Álvaro Mutis, publicado en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, en el año 1953, por Editorial Losada. Es un libro compuesto por doce poemas de los cuales se mantienen cinco de los seis que componían su libro anterior, La Balanza, publicado en 1948: El miedo, Una palabra, Oración de Maqroll, Nocturno y 204. Es una obra en la que se observa una consistente fusión de recursos poéticos y narrativos como el verso libre, la prosa o la prosa poética; algo que se hace evidente a lo largo de la lectura, puesto que a propósito de que es un libro de poemas, encontramos que varios pasajes, e incluso poemas completos presentan un lenguaje narrativo muy cercano a la prosa, lo cual puede extrañar al lector, en cuanto a de qué forma pueden considerarse poemas algunos de los textos, o si más bien son pequeños relatos en los cuales el poeta intercala pasajes poéticos con fines estructurales y expresivos, creando así una forma personal de tratar y plasmar los diversos tópicos y situaciones; recordemos que es este su segundo libro y que es aquí donde el autor empieza a fundar lo que se puede llamar su estilo propio.

Puesto que Los Elementos del Desastre además de ser uno de los catorce poemas que componen el libro, es también el poema que le da título, cabría suponer una posible relación con los diferentes poemas del libro o una posible cohesión temática en tal sentido. Pues bien, se debe tener en cuenta que en este libro el desastre se presenta de diferentes formas: como seres determinados cuyo destino se encuentra ligado de una u otra forma al desastre; como simples lugares o moradas don de puede encontrarse, en los cuales los individuos solo cuentan para sostener la representación de la derrota humana; como una calurosa cotidianidad de pueblos y ciudades de la región andina colombiana o, sencillamente, como herencia histórica, como una sombra. En todas ellas el desastre guarda una fuerte relación con el miedo -incluso uno de los poemas lleva por título El Miedo-, la cual, puede ser comprendida desde la explicación factible del miedo como una drástica condición humana que conduce al sujeto a la parálisis psícológica o de acción, ante situaciones reales o imaginarias, determinadas tanto por aspectos en relación con la experiencia y el aprendizaje, como por la propia cultura, cosiderando el desastre como algo latente o en marcha, induciéndolo, en la realidad, o en el individuo, como posibilidad, certeza o impulso, que podría definir paulatinamente el comportamiento humano, condicionar la forma de ver el mundo, e incluso ser usado para modificar de forma controlada la conducta de grupos o colectivos humanos.

Es interesante cómo para el autor los hoteles son considerados lugares donde la cotidianidad y el hastío moldean formas tangibles de la miseria humana. Tal es el caso del poema 204, el primero del libro, donde a partir de un motivo: “escucha escucha escucha”1 , que se reitera a lo largo de todo el poema, logra adentrarnos, de una forma narrada con algunos destellos poéticos, en una escena matutina de hotel, cuya protagonista, “la incansable viajera del 204”2 , es la interesante metáfora del eterno retorno con que da inicio a la segunda parte del poema, en la cual, el retorno muta ligeramente y de cuya trayectoria en sentido inverso se deriva la peste y el estancamiento como una lenta particularidad que cambia en función del tiempo-orinales que transmutan en hoteles-; el retorno: ciclo de degradación y caos que se plasma en el grito que recorre los pasillos, “el grito del 204, ¡Señor, señor, porque me has abandonado!”3:

«De la ortiga al granizo

del granizo al terciopelo

del terciopelo a los orinales

de los orinales al río

del río a las amargas algas

de las algas amargas a la ortiga

de la ortiga al granizo

del granizo al terciopelo

del terciopelo al hotel»4

En Los Elementos del Desastre, el cuarto poema del libro, encontramos la interesante coincidencia de que la primera parte alude nuevamente a los hoteles. Esta vez, un cuarto de hotel en tierras cálidas nos revela lo que el autor denomina “proféticos tesoros”: rápida secuencia de imágenes, cercana incluso al lenguaje cinematográfico: militar extravagante-cadáver de rey muerto en el coche-mujer desnuda-dibujos obscenos en la libreta del agente viajero, tras el pálido orín de la ventanas:

“Una pieza de hotel ocupada por distracción o prisa, cuán pronto nos revela sus proféticos tesoros. El arrogante granadero, bersagliere funambulesco, el rey muerto por los terroristas, cuyo cadáver despernancado en el coche, se mancha precipitadamente de sangre, el desnudo tentador de senos argivos y caderas 1900, la libreta de apuntes y los dibujos obscenos que olvidara un agente viajero. Una pieza de hotel en tierras de calor y vegetales de tierno tronco y hojas de plateada pelusa, esconde su cosecha siempre renovada tras el pálido orín de las ventanas”5

De este poema puede decirse además que no es un poema fácil en el sentido en que una primera lectura puede no ser suficiente para comprender el verdadero sentido, o lo que significa el desastre para el poeta; valga mencionar que las doce piezas o partes que lo componen no reflejan relación o conexión evidente entre sí. Pues bien, uno de los aspectos más interesantes de este poema es la relación que se da entre la cotidianidad y el desastre; algunas de las escenas se construyen a partir de simples situaciones o acontecimientos de la cotidianidad propia de ciudades y pueblos de la región andina colombiana, departamentos como Tolima, Quindío, Caldas, Risaralda (la denominada zona cafetera), Valle del Cauca y Antioquia: pasada la medianoche, alguien se deja llevar por la música que produce una vitrola; la ruda descripción de una mujer que es divisada desde un tren; hombres recostados sobre bultos de café y mercancías recordando viejas historias de mujeres y crímenes; el trapiche cuando se detiene. La cotidianidad en estas escenas es determinada por sus protagonistas quienes nunca advierten que tan solo su presencia o su simple interacción bastan para desencadenar una única realidad de hastío sin escapatoria, cuyo úico sustento no es otro que la lucha por la supervivencia en todas sus manifestaciones y que constituye básicamente una cotidianidad de día a día tan masiva que todo el lenguaje se ve volcado a ella: al tren que viaja entre dos estaciones anónimas, a los camiones que cruzan veloces el pueblo, al torpe lenguaje melancólico de la mujer que se divisa desde el tren; imágenes que en la voz del poeta adquieren la intensidad que requiere plasmar algo tan sutil y a la vez tan complejo como es esta cotidianidad del trópico, no exenta de una gran belleza, que contamina todo el paisaje de desgaste y hastío y que puede mutar casi imperceptiblemente de una forma en otra partiendo todo el tiempo de la propia percepción del individuo: el trapiche detenido en recolectora de café, o el torpe silencio de los hombres que cesan el recuento de viejas historias, en trenes que viajan de una estación a otra; a una velocidad tan lenta que casi no puede ser percibida.

3.jpgDe igual manera, es importante tener en cuenta la ubicación geográfica, el lugar donde transcurren los diferentes momentos o episodios del poema: el trópico; en este caso un trópico de cafetales y trapiches, de pueblos de tierra caliente y paisajes típicos de la zona andina colombiana, así como de mar y selva. Es como si para el autor y, en particular, el clima caliente, constituyera uno de los aspectos esenciales del poema; una presencia constante en la cual se encuentran inmersas las escenas, haciéndolas aun más intensas y saturando el poema de un indescriptible desgaste o estado en descomposición constante, que seguramente suscitan estas tierras en el poeta; recordemos que es su tierra, la tierra de sus más preciados recuerdos y donde también encuentra su origen el poema.

Para finalizar esta primera parte, es en este libro donde aparece por vez primera uno de los personajes más interesantes e insólitos de la literatura en lengua española; hablamos de Maqroll el Gaviero, el personaje principal del tercer poema del libro, Hastío de los peces. Aquí, evocando sus días como vigilante de trasatlánticos en un remoto puerto del caribe, nos narra algunas anécdotas. Cuenta el gaviero que parte de su trabajo consistía en descubrir obscuros lugares de los barcos donde se concentra el terror y la degradación, cuando los turistas salen en busca de un poco de tierra firme; lugares donde pudiera esconderse la mariposa que vaticina el hambre o el albatros que anuncia la más vasta miseria. Pues bien, es sobre el viejo Maqroll que recae la difícil tarea de limpiar, de exorcizar; es el quien conjura todos aquellos lugares con rituales como la limpieza de los ojos de buey descrita en uno de los pasajes… sin duda alguna, un oficio más próximo a la magia y a lo desconocido que a la simple vigilancia de barcos, y quien luego, tras la breve narración, pronuncia su oración, la cual constituye el siguiente poema Oración de Maqroll que según el autor no se encuentra completa y que además es recomendable como “antídoto eficaz contra la incredulidad y la dicha inmotivada”6 . He aquí el poema como parte de la selección poética complementaria al presente texto:

 

 

 

 

 


1 MUTIS, Álvaro. Los elementos del desastre. Buenos Aires: Losada, 1953, p. 11

2 Ibid., p. 12

3 Ibid., p. 13

4 Ibid., p. 13

5 MUTIS, Álvaro. Op. cit., p. 29

6 MUTIS, Álvaro. Op. cit., p. 23


BIBLIOGRAFÍA

COBO BORDA, Juan Gustavo.  Para Leer a Álvaro Mutis. s.l. : Espasa Forum, 1998. p. 7-63

MUTIS, Álvaro. Obra Poética. Bogotá, Arango Editores, 1997.

ORTEGA GONZÁLEZ-RUBIO, Mercedes.  Álvaro Mutis: derrota y leyenda en Los elementos del desastre. En: Revista de Estudios Literarios Espéculo. [en línea]. Vol. 28 (2004-2005). [consultado Ago. 2011]. Disponible en http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/index.html

FERRARI, Américo. Versística y prosística en la poesía de Álvaro Mutis. En: Projeto Editorial Banda Hispánica, Jornal de Poesía. [en línea]. [consultado en Ago. 2011] Disponible en:  http://www.jornaldepoesia.jor.br/bh22mutis.htm

 

SELECCIÓN DE POESÍA LOS ELEMENTOS DEL DESASTRE

204

I

Escucha Escucha Escucha

La voz de los hoteles,
de los cuartos aún sin arreglar,
los diálogos en los oscuros pasillos que adorna una raída
alfombra escarlata,
por donde se apresuran los sirvientes que salen al amanecer
como espantados murciélagos.

Escucha Escucha Escucha

los murmullos en la escalera, las voces que vienen de la cocina,
donde se fragúa un agrio olor a comida que muy pronto estará en
todas partes, el ronroneo de los ascensores.

Escucha Escucha Escucha

a la hermosa inquilina del “204″ que despereza sus miembros y se
queja y extiende su viuda desnudez sobre la cama. De su cuerpo
sale un vaho tibio de campo recién llovido.
¡Ay qué tránsito el de sus noches tremolantes
como las banderas en los estadios!

Escucha Escucha Escucha

el agua que gotea en los lavatorios, en las gradas que invade un
resbaloso y maloliente verdín. Nada hay sino una sombra, una
tibia y espesa sombra que todo lo cubre.

Sobre esas losas -cuando el mediodía siembre de monedas el
mugriento piso-
su cuerpo inmenso y blanco sabrá moverse, dócil para las lides del
tálamo y conocedor de
los más variados caminos. El agua lavará la impureza y renovará las fuentes del deseo.

Escucha Escucha Escucha

a la incansable viajera, ella abre las ventanas y aspira el aire que viene de la calle. Un
desocupado la silba desde la acera del frente y ella estremece sus flancos en respuesta
al incógnito llamado.

II

de la ortiga al granizo

del granizo al terciopelo

del terciopelo a los orinales

de los orinales al río

del río a las amargas algas

de las algas amargas a la ortiga

de la ortiga al granizo

del granizo al terciopelo

del terciopelo al hotel

Escucha Escucha Escucha

La oración matinal de la inquilina
su grito que recorre los pasillos
y despierta despavoridos a los durmientes,
el grito del “204″:
¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!

LOS ELEMENTOS DEL DESASTRE

1

Una pieza ocupada por distracción o prisa, cuán pronto nos revela sus proféticos tesoros. El arrogante granadero, “bersagliere” funambulesco, el rey muerto por los terroristas, cuyo cadáver despernancado en el coche, se mancha precipitadamente de sangre, el desnudo tentador de senos argivos y caderas 1900, la libreta de apuntes y los dibujos obscenos que olvidara un agente viajero. Una pieza de hotel en tierras de calor y vegetales de tierno tronco y hojas de plateada pelusa, esconde su cosecha siempre renovada tras el pálido orín de las ventanas.

2

No espera a que estemos completamente despiertos. Entre el ruido de dos camiones que cruzan veloces el pueblo, pasada la medianoche, fluye la música lejana de una humilde vitrola que lenta e insistente nos lleva hasta los años de imprevistos sudores y agrio aliento, al tiempo de los baños de todo el día en el río torrentoso y helado que corre entre el alto muro de los montes. De repente calla la música para dejar únicamente el bordoneo de un grueso y tibio insecto que se debate en su ronca agonía, hasta cuando el alba lo derriba de un golpe traicionero.

3

Nada ofrece de particular su cuerpo. Ni siquiera la esperanza de una vaga armonía que nos sorprenda cuando llegue la hora de desnudarse. En su cara, su semblante de anchos pómulos, grandes ojos oscuros y acuosos, la boca enorme brotada como la carne de un fruto en descomposición, su melancólico y torpe lenguaje, su frente estrecha limitada por la pelambre salvaje que se desparrama como maldición de soldado. Nada más que su rostro advertido de pronto desde el tren que viaja entre dos estaciones anónimas, cuando bajaba hacia el cafetal para hacer su limpieza matutina.

4

Los guerreros, hermano, los guerreros cruzan países y climas con el rostro ensangrentado y polvoso y el rígido ademán que los precipita a la muerte. Los guerreros esperados por años y cuya cabalgata furiosa nos arroja a la medianoche del lecho, para divisar a lo lejos el brillo de sus arreos que se pierde allá, más abajo de las estrellas.
Los guerreros, hermano, los guerreros del sueño que te dije.

5

El zumbido de una charla de hombres que descansaban sobre los bultos de café y mercancías, su poderosa risa al evocar mujeres poseídas hace años, el recuento minucioso y pausado de extraños accidentes y crímenes memorables, el torpe silencio que se extendía sobre las voces, como un tapete gris de hastío, como un manoseado territorio de aventura…todo ello fue causa de una vigilia inolvidable.

6

La hiel de los terneros que macula los blancos tendones palpitantes del alba.

7

Un hidroavión de juguete tallado en blanda y pálida madera sin peso, baja por el ancho río de corriente tranquila, barrosa. Ni se mece siquiera, conservando esa gracia blanca y sólida que adquieren los aviones al llegar a las grandes selvas tropicales. Que vasto silencio impone su terso navegar sin estela. Va sin miedo a morir entre la marejada rencorosa de un océano de aguas frías y violentas.

8

Me refiero a los ataúdes, a su penetrante aroma de pino verde trabajado con prisa, a su carga de esencias en blanda y lechosa descomposición, a los estampidos de la madera fresca que sorprenden la noche de las bóvedas como disparos de cazador ebrio.

9

Cuando el trapiche se detiene y queda únicamente el espeso borboteo de la miel en los fondos, un grillo lanza su chillido desde los pozuelos de agrio guarapo espumoso. Así termina la pesadilla de una siesta sofocante, herida de extraños y urgentes deseos despertados por el calor que rebota sobre el dombo verde y brillante de los cafetales.

10

Afuera, al vasto mar lo mece el vuelo de un pájaro dormido en la hueca inmensidad del aire.

Un ave de alas recortadas y seguras, oscuras y augurales, el pico cerrado y firme, cuenta los años que vienen como una gris marea pegajosa y violenta.

HASTÍO DE LOS PECES

Desde dónde iniciar nuevamente la historia es cosa que no debe preocuparnos. Partamos, por ejemplo, de cuando era celador de trasatlánticos en un escondido y mísero puerto del Caribe. Mi nueva profesión, nada insólita y muy aburrida por épocas, me dejaba pingües ganancias en ciertos frutos de cuya nuez salía por las tardes un perfume muy semejante al de poleo.

La voz de este relato mana de ciertos rincones a donde no puedo llevaros, pese a mi buena voluntad y en donde, de todas maneras, no sería mucho lo que podría verse. Los buques han necesitado siempre de un celador. Cuando se quedan solos, cuando los abandona desde el capitán hasta su último fogonero y los turistas desembarcan para dar una vuelta y desentumecer las piernas, en tales ocasiones necesitan de una persona que permanezca en ellos y cuide de que el agua dulce no se enturbie ni el alcohol de los termómetros se evapore en la sal de la tarde.

Con plena conciencia de mis responsabilidades, recorría todos los sitios en donde pudiera esconderse el albatros vaticinador del hambre y la pelagra o la mariposa de oscuras alas lanosas, propiciadora de la más vasta miseria. Los capitanes me confiaban los planos de blancos veleros o de veloces yates destinados a la orgía de ancianos sin dientes y yo interpretaba los signos que en tales cartas indicaban sitios sospechosos o nidos de terror.

Con la savia de los cocoteros, arena recogida en la playa, a la madrugada del Viernes Santo, la camisa de un viejo marino muerto en el malecón del sur en una epidemia de tifo y otros elementos que ya no recuerdo, realizaba la limpieza de los ojos de buey turbios de miel y sacrificios y de las torres de radio adornadas con vistosas banderolas.
Mi jornada nunca sobrepasó las cinco horas y jamás dejé ver mi cara a los turistas que regresaban con hondas ojeras de desgano.

Recostado en la barandilla de popa, pude presenciar una tarde la muerte de un coleccionista de caderas, a manos de una anciana vendedora de tabaco. La cabeza le quedó colgando de unas tiras pálidas y le bailaba sobre el pecho como una calabaza iluminada por resplandores de cumbia. Una última sombra le cubrió los ojos y tuve que encargarme de enterrar el cadáver. Lo cobijé con algas gigantes y nunca percibí fetidez alguna.

Muchos años serví en el puerto a que me vengo refiriendo. Tantos, que olvidé los rasgos sobresalientes de las bestias que luego me acompañaron en mi peregrinaje por las Tierras Altas, donde moran los conciliadores de los Cuarenta Elementos.

Entre los buques que cuidé con mayor esmero y cariño se cuenta uno con matrícula de Dublín, de sucio aspecto y de forma poco esbellta, pero llena de plantas salutíferas y huellas de hermosísimas mujeres.

Mis noches transcurrían en ese ambiente pesado que dejan los fardos de lana en las bodegas o el exceso de comida en los mineros. Uno que otro sol me halló tendido en la playa. Las estrellas nunca aparecieron por esas latitudes. Siempre me han repugnado los planetas. El arribo de un barco era anunciado al alba con el vuelo de enormes cacatúas de grises párpados soñolientos, que gemían desoladas su estéril concupiscencia. Jamás faltaron a su cita esos pájaros portentosos. Mi criado venía a despertarme cuando el buque tocaba el muelle y yo partía embotado aún por el sueño, arreglándome presuroso las ropas con que había dormido. Esto lo digo para mi descargo, pues hubo quienes pretendieron acusarme de incumplimiento, con la manifiesta intención de perjudicar mis labores, tan ricas en el trato de criaturas superiores, de seres singulares estancados en el placer de un viaje interminable. En otra oportunidad relataré mi vergonzosa huida y mi subsecuente castigo.